sábado 26 de septiembre de 2026 19:10 pm
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Las mejores historias del béisbol terminan donde empiezan, y la de Justin Verlander es una de ellas. En 2004, los Detroit Tigers seleccionaron en el draft a un joven lanzador de Old Dominion con una recta eléctrica; en 2005 debutó en las Grandes Ligas un 4 de julio; y en 2006, a los 23 años, llevó a los Tigers a una Serie Mundial siendo Novato del Año. Diecisiete años, tres equipos más y dos anillos de Serie Mundial después, Verlander regresó a Detroit en 2026 con una misión declarada: no dejar que su carrera terminara en una lista de lesionados. La temporada no lo ayudó: el dolor de cadera lo acompañó desde la primavera y una lesión isquiotibial el 17 de junio pareció cerrarle el camino. En julio anunció su retiro, pero se negó a irse sin lanzar una vez más por Detroit, acelerando su rehabilitación hasta lograrlo. El sábado 26 de septiembre, el Comerica Park lleno le dio tres ovaciones antes del primer pitcheo: una al calentar en el bullpen, otra al regresar al dugout —presentado en el lineup por el actor y fanático J.K. Simmons, ganador del Óscar— y una tercera cuando salió solo a la primera entrada, con sus compañeros en el dugout regalándole el escenario. Después lanzó como los viejos tiempos: seis ponches, dos jonrones solitarios en contra, 91 pitcheos de esfuerzo. Y entonces llegó el final que nadie esperaba y todos sospechaban: el mánager A.J. Hinch —quien también lo dirigió en Houston cuando Genevieve nació en 2018— señaló a las gradas y la niña corrió al montículo a buscar a su papá. Verlander tembló, sollozó, abrazó a su hija, recogió a su esposa Kate Upton y a su pequeño Bellamy, se quitó la gorra y bajó al dugout. Detrás quedaron 266 victorias, 3,561 ponches, tres Cy Young, un MVP, tres no-hitters y dos Series Mundiales. En un deporte obsesionado con las estadísticas, el último número que dejó Verlander fue el más humano de todos: siete, la edad de la niña que le dijo que ya podía irse a casa.

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