Hay alimentos que definen naciones, y luego está el aderezo ranch: una salsa cremosa a base de suero de leche, mayonesa, ajo, cebolla y hierbas que los estadounidenses bañan hoy sobre prácticamente todo. Su reino oficial es el de los aderezos de ensalada —es el más vendido del país desde 1992, cuando destronó al italiano—, pero su expansión real lo ha llevado a competir de tú a tú con el kétchup como el condimento más importante de la gastronomía estadounidense, sirviendo de dip para alitas de pollo picantes, pepinillos fritos, papas fritas y, el uso más polémico de todos, la pizza.
La historia de esa versatilidad comienza en un lugar inesperado. El ranch no nació en la cocina de un restaurante, sino en el campamento de un contratista de fontanería en Alaska, donde Steve Henson lo creó a principios de los años cincuenta para que sus cuadrillas comieran verduras sin quejarse. Perfeccionada la receta, Henson y su esposa la llevaron a Hidden Valley, el rancho turístico que abrieron en California en 1956, donde los huéspedes la adoptaron con tal pasión que se convirtió en souvenir del lugar: frascos para llevar a casa primero, mezcla seca por correo después, y en 1972 la venta de toda la marca a Clorox por 8 millones de dólares.
El salto cultural se produjo en los años 80 y 90, cuando el ranch trascendió el bowls de ensalada. Los Doritos Cool Ranch (1987) llevaron el sabor a las botanas; las versiones infantiles de pizza, queso nacho y taco de Hidden Valley lo metieron en las loncheras; Domino’s lo consagró en 1994 como el acompañante oficial de pizzas y alitas, costumbre que las generaciones siguientes convirtieron en identidad regional —en Michigan, las cadenas de pizza local como Jet’s y Hungry Howie’s llevan décadas ofreciendo el dip de ranch como estándar—. En el suroeste, la variante green chile ranch lo mezcló con el chile verde de Nuevo México.
La crítica lo tiene entre lo sublime y lo ridículo: bautizado por algunos escritores como el «gran condimento americano» y por otros como «extravagante y vulgar», el ranch genera debates virales constantes —¿se moja la pizza o no?— que la propia industria celebra. «Nos encanta», dice Nick Higgins, ejecutivo de la matriz de Hidden Valley Ranch, sobre esas polémicas: «Es uno de los temas que podemos debatir como personas y no pasa nada». La marca ha entendido que la nostalgia y la controversia son el combustible de su conexión emocional con el consumidor.
Con 40% de estadounidenses declarándolo su aderezo favorito, ventas anuales de 1,300 millones de dólares por encima del kétchup, libros de cocina enteros y un restaurante dedicado a su sabor, el ranch ya no es una moda sino una institución. Como resume el historiador Paul Freedman, quien lo incluye entre las transformaciones culinarias de los años 80 junto al sushi y la rúcula, tras cuarenta años de popularidad ininterrumpida, «es probable que el aderezo ranch haya llegado para quedarse». De un campamento de fontaneros en Alaska a la identidad gustativa de una nación: pocas salsas pueden contar una historia así.
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